lunes, febrero 05, 2018

   Se abren las puertas en tus muñecas, que dejan entrar las agrias borrascas a tu baño con el compás de una música de cuerda pulsada.
   A este dulce plomo le llueve y es arrastrado por telas empapadas por lo años que cubren el polvo y la telarañas.
   Al ras de una vela, se acerca la noche para susurras las mentiras del día y el corte de una sonrisa a la luz de la creciente luna. Sonrisa del cielo, que es su única expresión. 
   Y después de tanto abrir la puerta y desgastar el cerrojo, se esconde tras las madreselvas del sonido del rocío.
   Que este paseo, que se hace interminable, tiene un comienzo con un beso caído de una estrella ardiente con un final apoteósicamente inexplicable que se tragan los brazos de los árboles tan familiarmente centenarios, que tienen más vida que las historias de cama. 
   De este profundo azul, desde este puente realmente hay un final calmado.

sábado, enero 27, 2018

   Una despedida pasada por años y el recuerdo. Inundándose en suspiros de miradas profundas, sin una vuelta atrás.
   La dureza del puñetazo de una mentira a la que se le ven las verdades cayéndoseles por la falda. 
   Ni comas ni peros, tan absortos en la cama del silencio, que en esos momentos sí que es parar el tiempo. Buscando alguna salida en un sombrero de copa, perdiendo las prisas por caer ante el segundero.
   Pender de un hilo entre los tonos de azules y grises. Qué precipitado fue todo en aquella caída impulsada por alguna ilusión tan desgastada... 
   En qué lugar herido se perdió el cariño, siempre y malditamente interrumpido por horas vacías.
   No es un malgasto de lienzo, de partitura, de tinta, de mundo si se puede seguir continuando. 

miércoles, enero 17, 2018

   No intento atesorar el mundo en un pañuelo de mano, desgastado de todos los días, tejiendo de nuevo los ojillos que se hacen lluvia a ras del día. 
   Lo que haría por volver a besarte sin distancias, sin herirme con los minutos que pasan en volandas como los rayos del sol.
   Tampoco quiero sentir los gritos de despedidas alargadas por besos fugaces, porque al menos te debo una noche más de Navidad, después de todo este temporal confuso. Aunque me dejaría perder en tus labios, sujetándome a tus brazos en un sueño planeado de largos días, interpretando meses. 
   Floreciéndote, me perdería en tu primavera permanente. En esa sonrisa construida sin esfuerzo, deslizándome en tus rizos.
   A pasos de gigante, poquito a poquito. 

domingo, enero 14, 2018

   No puedo dejar el cuaderno abierto. Puede que estas palabras que ha traído el viento, del latido de mi corazón, corran y escapen de mí. Y me hagan la Nada. Vacía. No ser. 
   No. No podré atesorar las penas en mis alegrías y coleccionarlas, orgullosa en trozos de vida. No. No. No.
   No puedo sentir ese papel por los cayos de mis dedos, intentando ganarle la carrera a las lágrimas, al orgasmo.
   El camino que torpemente comienzo desde cualquier parte a mi cama con dudosas compañías. 
   Qué secretos guardaré ahora que la tinta ha agotado mis ojos, qué oxígeno me curará las heridas y qué sal me hará gritar.
   Solo hay blanco que rellenar y seguiré esperando al mundo.
   No hay más que rabia creadora que arde en mis arterias, en mis pulmones, en mis días futuros y sin ningún descanso de luz.
   Esta confusión me hace vivir y no puedo remediar mis impulsos asesinos.
   No puedo evitar cada verso, estrofa y confesión.

   Las huellas incendiadas en la nieve no conducen a casa.
   No vacilan en seguir adelante, tambaleándose en un camino azabachado, rompiendo el tiempo, y algún que otro sonido hibernado de un tiempo pasado. 
   Los huesos se esfuman en el segundero, atrapados en una caja de cristal, sujetada por manos ensangrentadas que tocan paredes de una oscura alcantarilla, abierta como las bocas de los depredadores, queriendo entrar.
   Sin duda.
   Y las ascuas se acunan en el juego de vida o muerte entre la luna y el sol, apagando la nieve en su plenitud, demasiado pura. Fundiendo la tierra siendo caprichosa y osada, a trote desnudo entre montañas. 

sábado, diciembre 30, 2017

   Recuérdalo. La primera vez que fui a ese piso, agujero morado de la vejez de una arquitectura con aires de grandeza.
   Seguí el camino marcado por unas huellas tan felinas, que ni el ruido de las paredes hizo que me desviara. 
   Quitar las capas al mundo: eso es lo que hicimos.
   Rozando piel con piel y cayendo por terraplenes de clavículas, perdiendo besos en los bosques de vello erizado, sin miedo a ser quemado.
   La niebla que arrasaba con el terreno, empañando los susurros y todas las sierras, que se movían con la voluntad de una oruga convirtiéndose en mariposa. 
   Desnudos. Esperando. Mirándonos. Entendiéndonos. Queriendo.
   Una ligera confusión en un día claro de invierno. Llenos de letras de otros idiomas que surcan nuestros dedos hasta el alma.
   Un pequeño desenfoque en un gran plano oscuro, que en el final decide abrir los ojos y ver el querer del cielo que se derrumba en su boca.

lunes, noviembre 13, 2017

   He visto cómo el rincón se adueñaba del alma y se hacía más grande. 
   Las lágrimas creaban sus riberas por mejillas reventadas y se adueñaban de cada surco de piel, abriéndose paso para mezclarse con el dolor imperante, conquistando el cuerpo perdido en una losa blanca.
   Se deja dibujar lo que será para dejar de ser.
   Y no hay forma de que la tierra realmente se la trague si no hay nada más que exhalaciones. 
   Se dice pobre alma rota, y contra el acantilado del faro se deshace en la sal de las rocas, formando por fin la fuerza de cada ola, siendo de vez en cuando un arcoiris de tiempo limitado.