lunes, enero 16, 2017

   Piso una huella, pero no marco mi camino. No sé ser el aire de un mundo, pero cuando lo toco se convierte en un efecto mariposa. 
   Encadenado. Siempre atrapado en la misma eternidad, viendo cómo cada día su creadora se convierte en un trabajo póstumo.
   No sé vestir a mis letras de otra forma, una por una. Más llenas de sentimientos, de mares, de volcanes, de ventiscas y tormentas, de errores de dirección, de llamadas perdidas y condones rotos, que yo misma.
   Nacen, mirándome en un adiós y termina con una caricia a mi cuaderno. Se formaron en una melodía de 3:32 efímera, con un eco que retumba en la arena, donde nunca duermo y siempre, siempre, siempre, siempre, siempre se enroscan a mi cuello. 
   Ahorcándome de locura por escuchar el asesinato de mis notas, de cortes que caen al vacío que no se olvida y no baja por la garganta.
   Claro que salto sobre el arrepentimiento, pero me retiene en un laberinto que ni siquiera entiendo. Creando ilusiones de lo que creo que he hecho, paseándose como un vecino, una madre.
   No se entiende, no lo entiendo.

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